Miedo a hablar en público: reflexiones desde la terapia gestalt integrativa

“Si es bien tomado, el miedo siempre juega a nuestro favor”

Hoy en día los estudiantes universitarios se ven a menudo en la necesidad de exponer su trabajo en público, ante sus profesores y compañeros. Se trata de una situación relativamente nueva para ellos en la que se ven expuestos a un gran número de miradas y oídos y por la que generalmente reciben una calificación. Es esperable, por tanto, que aparezca un cierto nivel de miedo en cualquier alumno que se exponga a esta situación. En algunos casos dicho nivel resulta excesivo para la persona, perjudicando notablemente su capacidad para hablar en público.

Desde Quercus Psicología y Salud realizamos periódicamente talleres específicos sobre este tema con el objetivo último de que los participantes ganen recursos para lograr que su nivel de miedo descienda cuando tienen que hablar en público. Los talleres están planificados desde el punto de vista de la Terapia Gestalt Integrativa, sintetizando de un modo original aportaciones de corrientes psicológicas: humanistas, sistémicas y cognitivo-conductuales.

Ofrecemos a continuación unas reflexiones de carácter general sobre el tema que pueden servir de apoyo tanto a quienes han participado en nuestros talleres u otros similares, como a quienes quieren realizar un primer acercamiento al tema. En cualquier caso, estas reflexiones no constituyen ningún tipo de tratamiento ni pueden sustituirlo en aquellos casos en los que se requiera. Tampoco sustituyen el trabajo práctico que se realiza durante los talleres, sólo lo complementan.

El miedo y su significado biológico

Para comprender el miedo a hablar en público debemos tener en cuenta, en primer lugar, el significado biológico del miedo, que no es otro que alertarnos sobre una situación u objeto que percibimos como amenazante para nuestra integridad física o psicológica.

Desde un punto de vista funcional el miedo es, en realidad, una herramienta de apoyo para lograr el éxito. Señala, precisamente, que recursos son aquellos que necesitan ser fortalecidos para poder afrontar con éxito la situación temida.

Estrategias de afrontamiento a la hora de hablar en público

Precisamente por su carácter defensivo, el miedo desencadena una respuesta fisiológica bastante incómoda desde el punto de vista subjetivo de quien la está viviendo. Por este motivo hay personas a las que les resulta más sencillo evitar sistemáticamente la situación temida en lugar de intentar buscar cómo desarrollar los recursos de los que carecen. Este tipo de estrategias protegen a la persona a corto plazo de las sensaciones incómodas que el miedo genera. Pero lo paradójico del caso es que a largo plazo incrementan el miedo, confirmando inconscientemente sus propias creencias de incapacidad.

Evitar la situación temida no es en sí misma una mala estrategia cuando una situación nos desborda claramente. Pero si, de todos modos, nos vamos a tener que enfrentar a la situación más tarde o más pronto, es recomendable que acompañemos esta estrategia de otras acciones que nos permitan ganar seguridad, a modo de “entrenamiento”.

En este sentido, cualquier intento de superar el miedo a hablar en público sólo puede pasar por una gradual exposición a la situación temida y a las sensaciones corporales y subjetivas que dicha situación desencadena. Ahora bien, hemos de ser muy cuidadosos en cómo emprendemos este proceso. Cuando la capacidad para tolerar las sensaciones asociadas al miedo es baja debemos proceder de un modo gradual y respetuoso con las posibilidades reales de la persona. Se trata más de aceptar el miedo como parte necesaria de la vida, como señal que está indicando nuestros límites y necesidades en un momento dado, que de concebirlo como un enemigo al que eliminar.

Re-pensar el miedo

Desde el punto de vista de la terapia gestalt hablamos entonces de recuperar la “dignidad del miedo” como emoción básica para nuestra supervivencia (Levy, 1999). En una línea similar, la terapia emotivo-racional (Ellis, 2003) señala que son ciertas creencias que hemos interiorizado las que generan el sufrimiento, y no tanto las características de la situación a la que nos vemos expuestos.

Así, algunas personas consideran que sentir miedo es propio de “cobardes” o una “señal de debilidad”: seguramente se trate de que “temen” sentirlo, pues el miedo forma parte de la vida y bien tomado nos conecta con la fuerza, no con la debilidad. Si pensamos un poco sobre ello seguramente nos daremos cuenta de que ninguna persona en su sano juicio se pondría en manos de un cirujano que no sintiese miedo, por más que lo necesitase: las consecuencias podrían ser terribles.

Estas reflexiones nos permiten ir entrando “emocional y cognitivamente” en la comprensión de cómo ciertas estrategias lo único que logran es aumentar la respuesta de miedo aunque las utilicemos justo con la intención contraria. Por ejemplo, algunas personas al hablar en público tratan de disimular o reprimir las sensaciones de miedo y los signos visibles del mismo, bajo la creencia de que “no deberían sentirlo”. Es como si, de algún modo, se castigasen y/o despreciasen al verse sintiendo miedo delante del grupo o imaginando cómo el grupo podría juzgarlos por sentir miedo. De este modo el miedo se multiplica.

Uno de los temores que generalmente acompañan y alimentan el miedo a hablar en público es el de recibir una evaluación negativa por parte del mismo. En algunos de estos casos, el miedo al juicio ajeno no deja de ser un simple reflejo del juicio interior que la persona se realiza. Así, por ejemplo, imagina que los demás considerarán inadecuadas sus opiniones, pensamiento a través del cual, lógicamente, el miedo crece. En este sentido, con independencia de que la suposición del ejemplo sea cierta o no, cuando el miedo es adecuadamente escuchado, se convierte en una maravillosa señal que indica exactamente aquel recurso que la persona necesita desarrollar: en el caso ejemplificado, la confianza en sí misma.

En este sentido, a los participantes en nuestros talleres  se les ofrecen oportunidades para hablar y probar a comunicarse en un entorno protegido. Dedicamos tiempo para hablar del miedo y para sentirlo. También realizamos ejercicios de expresión en público que van permitiendo que la persona gane confianza, lo que facilita un incremento progresivo de las competencias comunicativas.

Generar nuevas estrategias de afrontamiento que nos orienten al éxito

A través de las experiencias vividas en los talleres es posible comprender que hablar en público es un acto de interacción comunicativa. No es un acto individual sino un ritual colectivo en el que una persona, la que habla en público, tiene mayor control sobre la situación.

En esta línea facilitamos a continuación algunas sencillas pautas de carácter práctico:

 

1)      La preparación: Cuando un alumno tiene que hacer una exposición ante su grupo-clase es importante que dedique un tiempo a su preparación. Generalmente los alumnos dedican la mayor parte de sus esfuerzos a preparar el contenido, a estructurarlo y retenerlo en su mente, dejando de lado otros aspectos que podrían darles más tranquilidad. Nos referimos a preparar “cómo” se quiere interactuar con el público.

En realidad, quien expone puede estructurar la situación a su gusto, pues el docente le ha cedido un tiempo para dirigir al grupo. Por tanto, puede ayudar a calmar el miedo pensar en términos como los siguientes: ¿qué saben mis compañeros sobre este tema? ¿qué ejemplos podrían ayudarles a entenderme y a interesarse por él? ¿qué dudas les pueden ir surgiendo?

2)      Naturalidad: En realidad un buen orador se parece a un buen conversador. Más que un monólogo dirigido al público intenta entablar un diálogo con él. En lugar de transmitir datos intenta intercambiar información. Algunos oradores noveles se asustan porque piensan que van a olvidar información importante; intentan transmitir los datos que han almacenado en su mente de un modo muy preciso y es por ese motivo por lo que pierden naturalidad y se distancian del público.

Cuanto más natural resulte nuestro discurso, cuanto más se asemeje a un diálogo, aunque éste sea únicamente un diálogo de miradas, movimientos y posturas, con mayor naturalidad va a aflorar la información en nuestra mente y más vamos a fluir en la situación. La propia fluidez se encargará entonces de disolver la tensión.

3)      La mirada: La persona que habla tiene la responsabilidad de iniciar la interacción y, por tanto, constituye el punto de referencia para el grupo, lo que puede resultar desbordante desde el punto de vista emocional cuando se tiene poca experiencia. Algunas personas se asustan al ver tantos ojos clavados en ellas y optan por retirar la mirada para protegerse. En otros casos, los estudiantes se refugian mirando a la pizarra o a la presentación powerpoint.

Este tipo de estrategias alejan corporal y emocionalmente del público y, por tanto, al establecer una barrera comunicativa, aumentan la posibilidad de fracaso. A través de la mirada atraemos la atención del público y recibimos información sobre si nos está entendiendo o no, ayudándonos a re-ajustar nuestro discurso constantemente. Por ello, un buen orador nunca retirada la mirada durante mucho tiempo del público si quiere tener éxito.

Pero aun hay un motivo más por el que es conveniente mirar al público: al desviar la atención de las propias respuestas corporales de miedo, poniendo nuestros ojos y nuestra atención en el público, también facilitamos que el miedo descienda. Nos permitimos así, fluir en la interacción comunicativa.

4)      Emociones: Al hablar en público en realidad estamos comunicando con todo nuestro cuerpo. Trasladamos una información al público, información que cobra vida a través de las emociones que experimentamos cuando estamos hablando y que el público “in-corpora” a través de ellas.

Si comunicar es emocionarse, cualquier intento de bloquear algo que estemos sintiendo va a establecer una barrera entre el público y nosotros. Aquel que se esfuerza en no experimentar miedo se ve abocado a sufrirlo. Cuanto mayor es su esfuerzo de contención, mayor es la probabilidad de bloquearse.

Precisamente por este motivo hay autores que, como Nardone (1999), recomiendan al orador compartir con el público algo de su experiencia emocional. No se trata aquí de compartir los miedos más íntimos, simplemente se trata de mostrar al público que tenemos emociones con el fin de abrir canales de comunicación.

Por ejemplo, podríamos explicar los motivos personales por los que hemos seleccionado el tema que vamos a exponer, el interés que tenemos por llegar al público, nuestro deseo de generar algo de debate o incluso alguna de las emociones que nos genera el propio hecho de tener que exponer. Obviamente sólo son algunos ejemplos: la experiencia emocional a compartir sólo puede ser elegida por la propia persona de acuerdo a sus necesidades y la valoración de la situación concreta en la que se encuentra. No olvidemos que se trata de comunicar con “naturalidad”.

La satisfacción de hablar en público

De este modo, a través de la confianza en sus emociones y en su cuerpo, el orador va entrando en un estado de espontaneidad: confiando en que la información que incorporó durante la preparación irá apareciendo en su mente sugerida por las miradas del público, por sus preguntas, por sus movimientos…

Se sorprenderá entonces de las nuevas conexiones que aparecen de un modo inesperado en su mente: informaciones que anteriormente no había relacionado, ejemplos que no había pensado. También se sorprenderá por la gran variedad de emociones que ahora puede experimentar, el miedo ya es sólo una de ellas.

Podrá también mirar al público de otro modo. Observar si comprende o no, si le sigue o no, y aprender a introducir preguntas, aclaraciones y nuevos ejemplos cuando sea necesario. El miedo deja de ser un estorbo y se convierte en una señal que ayuda a ajustar mejor nuestro discurso a las posibilidades del público. El temor a la evaluación del público pasa a un segundo plano.

Se abre así a la experiencia de satisfacción, la satisfacción de hablar en público. Una experiencia en la que todo el abanico emocional tiene cabida.

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Miedo a hablar en público: estrategias para superarlo

 ¿Cuándo es conveniente tratar el miedo a hablar en público mediante psicoterapia?

Obviamente, cuando la persona interesada lo considera necesario. Generalmente las personas acuden a psicoterapia buscando un remedio cuando el miedo resulta muy incapacitante, es decir, cuando el miedo a hablar en público les hace pasar “muy malos ratos”.

Como en el caso de cualquier otro temor recurrente el tratamiento se articula en dos direcciones que contribuyen a que descienda el nivel de miedo experimentado: por un lado adquirir gradualmente la capacidad para afrontar la situación temida y, por otro lado, revisar posibles experiencias vitales anteriores con las que el miedo actual se relacione e incrementar la habilidad para regular esta emoción tan humana.

Bibliografía

Ellis, A. (2003). Manual de Terapia Racional-Emotiva. Bilbao: Desclee De Brouwer

Levy, N. (1999). La sabiduría de las emociones. Barcelona: Debolsillo

Nardone, G. (2003). Más allá del miedo. Superar rápidamente las fobias, las obsesiones y el pánico. Barcelona: Paidós.

 

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